Es en los Pirineos, al norte de Aragón, a lo largo de 90 km. entre los valles de los ríos Gállego (Oeste) y Noguera Ribagorzana (Este), donde podemos contemplar los ocho macizos montañosos que albergan los glaciares más meridionales del continente europeo, 7 de ellos incluidos en esta figura de protección y 1 en el Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido.
Se trata de los últimos testimonios de la era glaciar, que junto a otros agentes modeladores, dieron lugar a las principales formas del relieve de los Pirineos. La singularidad y fragilidad de estos pequeños pero bellísimos reductos del frío, los ha hecho poseedores de un elevado interés científico, cultural y paisajístico.
Su formación se debe a la recristalización de la nieve. Este fenómeno se produce cuando la nieve caída sobre capas ya existentes, ejerce presión variando así la densidad de las láminas de abajo. Consecuencia de esto, se forman heleros, glaciares y neveros.

Pero neveros y glaciares son, incluso, el medio de vida de muchos depredadores, puesto que por el día una película de agua de fusión permanece sobre estas masas heladas, de forma que multitud de partículas minerales, polen, semillas y, sobre todo insectos, quedan pegados o atrapados en la misma, configurando un «suero» nutritivo que hace las delicias de la chova piquigualda, de los bisbitas arbóreo y alpino o del simpático gorrión alpino.

La difícil accesibilidad, la dureza climática, así como distintas leyendas servían de barrera difícilmente franqueable para el hombre. No es hasta finales del siglo XVIII y principios del XIX, cuando estos lugares recónditos del Pirineo empezaron a ser visitados y estudiados por numerosos montañeros y científicos. Hoy, en franca regresión, los glaciares son testigos privilegiados del lento devenir del tiempo y por ello constituyen importantes laboratorios ambientales en plena naturaleza. Probablemente encierran numerosas respuestas sobre los cambios climáticos que se suceden en la Tierra.

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Es en los Pirineos, al norte de Aragón, a lo largo de 90 km. entre los valles de los ríos Gállego (Oeste) y Noguera Ribagorzana (Este), donde podemos contemplar los ocho macizos montañosos que albergan los glaciares más meridionales del continente europeo, 7 de ellos incluidos en esta figura de protección y 1 en el Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido.

Se trata de los últimos testimonios de la era glaciar, que junto a otros agentes modeladores, dieron lugar a las principales formas del relieve de los Pirineos. La singularidad y fragilidad de estos pequeños pero bellísimos reductos del frío, los ha hecho poseedores de un elevado interés científico, cultural y paisajístico.

Su formación se debe a la recristalización de la nieve. Este fenómeno se produce cuando la nieve caída sobre capas ya existentes, ejerce presión variando así la densidad de las láminas de abajo. Consecuencia de esto, se forman heleros, glaciares y neveros.

Pero neveros y glaciares son, incluso, el medio de vida de muchos depredadores, puesto que por el día una película de agua de fusión permanece sobre estas masas heladas, de forma que multitud de partículas minerales, polen, semillas y, sobre todo insectos, quedan pegados o atrapados en la misma, configurando un «suero» nutritivo que hace las delicias de la chova piquigualda, de los bisbitas arbóreo y alpino o del simpático gorrión alpino.

La difícil accesibilidad, la dureza climática, así como distintas leyendas servían de barrera difícilmente franqueable para el hombre. No es hasta finales del siglo XVIII y principios del XIX, cuando estos lugares recónditos del Pirineo empezaron a ser visitados y estudiados por numerosos montañeros y científicos. Hoy, en franca regresión, los glaciares son testigos privilegiados del lento devenir del tiempo y por ello constituyen importantes laboratorios ambientales en plena naturaleza. Probablemente encierran numerosas respuestas sobre los cambios climáticos que se suceden en la Tierra.